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Mi abuela se entregaba de forma ciega, íntegra, completa… o no lo hacía.
 
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Mi Abuela
Mamiti, una memoria personal

Por Luis

Así lo dije y así se queda.
Mamiti

Antes que nada, debo pedir una disculpa, por poner este texto tan personal en una página de cine… pero me es necesario hacerlo, pues el proyector de mi vida hoy termina un carrete y necesita desahogar su adolorido corazón.


Hace muchos años, en alguna escuela de México, uno de los profesores de antaño, corrigió una falla de una de sus alumnas, propinándole un tirón de cabellos. Una vez consumado el primitivo castigo, le mandó a uno de los rincones del aula, esperando que la niña reflexionara sobre su falta.

Después de un rato, la pequeña asilada en el rincón comenzó a hacerle señas al profesor para que éste se acercara. Aquel hombre, pensando que su alumna estaba arrepentida y se hallaba dispuesta a solicitar una disculpa, se le acercó ufano. La chiquilla le pidió que se acercara aún más, como si quisiera hablarle al oído; así lo hizo aquel maestro, sólo para toparse con la inmensa sorpresa, de que la niña le había tendido una trampa para proporcionarle en venganza, un tremendo jalón de cabellos.

Cuando el profesor logró zafarse, le preguntó indignado:

— ¿Por qué has hecho esto?
A lo que la niña, firme y segura de sí, le contestó
— ¡Porque mi papá le paga para que me enseñe, no para que me jale los pelos!

Esa chiquilla… era mi abuela. Mi abuela, que desde su infancia, no conoció el término medio; era todo o nada, en todas la áreas de su vida, incluyendo el amor; quienes tuvimos oportunidad de convivir a su lado, así lo constatamos.

Mi abuela se entregaba de forma ciega, íntegra, completa… o no lo hacía.

De ella conocí el significado de la palabra tradición; no la definición fría educida del diccionario, sino la de sabor a calabaza dulce en noche de muertos, la de olor a nuez y chocolate en los panes de Navidad, la de los zapatos de dormir tejidos a mano o las cobijas a cuadros con estambres de color.

Hoy la recuerdo, vestida como siempre, con su bata larga que usaba, según decía, para no manchar sus vestidos con las huellas de su cocina; con sus pantuflas permanentes y sus enormes anteojos que le hacían ver su mirada cual tierno ratón.

Mi abuela, la que solía reir con los chistes de mi abuelo; la de la ilusión decembrina de comer el 24 con su “animalazo”, como solía llamar a su primogénito; la que se perdía en el piano cuando a su hijo más pequeño le pedía cual ruego —Toca “El peñón de las ánimas” —; mi abuela, la que disfrutaba pasear por el centro de México, comprando hilos y telas, chocolates y velas, o cualquier ingrediente para su inolvidable sazón; y la que después, con sus pies ya cansados, gustaba degustar, al lado de su hija y cómplice, en La Casa del Pavo, una torta y un buen consomé.

Esa era Mamiti, como le solíamos llamar hijos, nietos y bisnietos, quien no conocía el término medio y se daba día a día con todo lo que sabía, con todo lo que podía, naciendo así la leyenda de su inolvidable cocina, que viajaba gourmet por el mundo y sus sabores: su simple pero inolvidable chile con huevo, su suave tarta de manzana, su patentado pay de queso, su secreto pastel austriaco, sus insuperables tamales chiapanecos y hasta su sopa de bolitas de queso que se deshacían en el paladar.

¡Ah mi abuela…! Tus hijos, tu hermana Loli de quien tanto presumías, tu sobrina Chabe con quien la pasabas tan bien, el “Pirrus” a quien regalabas de naranja polvorones; Javi, tu empalagoso gato borreguero, tu Alhelí necia pero al fin tu médico, tu Ami "que chido" y tu Luis Mi rebelde, tu César, Bequi y Fabián que tanto te admiraban, Daniel, Shari y tu orgullo Alex al otro lado del Atlántico, tu nueva nieta Rebe, a quien nombraste “la chiquita” y tu alumna al cocinar…y yo, tu confidente, como a la muerte de mi padre, me comenzaste a llamar… Seguro estoy que todos nosotros nos llevamos trozos de tu vida, momentos compartidos a tu lado que atesoramos en lo más hondo del corazón.

Mi abuela, la que no conoció el término medio…la de los viajes relámpago a la frontera, la de las mesas elegantes, la que bailaba swing a sus casi 80 años. Nadie como tú para arreglar, descomponer y volver a arreglar el mundo en una plática hasta las dos de la madrugada; nadie como tu para beber cognac o nada más; para fumar Raleigh hasta el día que te fuiste, para conseguir lo que siempre buscabas, para cocinar, para tejer, para reir, para gozar… Nadie como tú para amar.

Y hoy que ya no estás aquí, sentimos dolor, y está bien; la misma Biblia dice en uno de sus versículos más cortos “Y Jesús lloró”; si Él se conmovió hasta las lágrimas a la pérdida de un amigo, ¡cuánto más la familia a la pérdida de una madre, una abuela, una hermana, una tía, una amiga!; y es que la carne sufre, pero el espíritu debe estar en paz, al saber que estás ahora en un lugar mejor, con tus padres, tu hermano y tu hijo que se te adelantó.

Mamiti… Te extrañaremos, en cada comida, en cada sorbo de buen vino, en cada tabaco que se funda en el aire. Te has ido y sin embargo, me gusta recordarte citando la frase de uno de los seres que más te cautivó, Juan Pablo II, pues estoy seguro, que como él, desde allá arriba todavía haces señas con tu santa mano para decir “Me voy, pero no me voy… porque de corazón, me quedo”.

Hasta pronto.



Ciudad de México, 19 Julio 2005 

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