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La Boda de la Princesa y el Escudero

Por Luis

Hace algunos años, cuando Alejandro, mi homólogo en este sitio, trabajaba brillantemente para AT&T (antes de irse a Barcelona a estudiar su Doctorado; espero que no acabe como John Nash) solíamos salir ocasionalmente los viernes al cine. Si el humor lo ameritaba y las carteras también, podíamos proseguir la velada en un restaurante, un bar o seguirnos de farra.

Viviendo aún nuestra despreocupada soltería, habíamos salido a celebrar un no-cumpleaños más; en esa ocasión, un compañero más preguntó si se nos podía unir. Llamémosle el Señor X y como un dato extra les diré que tenía pocos meses de casado. Su esposa había salido con sus amigas y por ese motivo él nos había preguntado si podía acompañarnos esa noche.

La ocasión ameritó un sitio caro; corrió todo lo que debe correr en una juerga de hombres en uno de esos bares estilo museo, donde uno puede ver pero no tocar (estoy hablando de chicas obviamente) y las tarjetas de crédito por supuesto tuvieron que amortiguar los golpes. A eso de las tres y media de la mañana, el Señor X nos comentó que su esposa estaría por llegar y que era mejor retirarse. Alejandro y yo fuímos a cenar (¿ o ya era desayuno ?) unos tacos al siempreabierto Charco de las Ranas. Una vez ahí comenzamos a platicar.


- Oye Alex­ le dije ­ ¿ Tú crees que sea normal que uno esté casado, tu esposa se vaya con sus amigas que buscan ligue, mientras tu te vas de farra con los tuyos a un lugar como el de hoy ?

Me miró y dijo escuetamente ( típico en él ):

- A mi parecer sólo hay dos caminos: Es una pareja muy liberal y no les afecta este tipo de situaciones o simplemente no eran el uno para el otro y por tanto necesitan y aceptan estos comportamientos. Pero si la pregunta es, ¿si pienso que está bien?, debo decir definitivamente que no lo creo así; al menos yo no podría hacerlo.

- Menos mal. Creí, para no perder la costumbre, que yo iba a ser el raro de la película - le contesté. -

Hablando de novias agregué:

- ¿ Me creerías que cuando he tenido una novia, jamás me he ido de farra a uno de estos sitios? - le pregunté esperando una mirada por parte de Alejandro que me tildara de mojigato.

Sonrió. Y sólo agregó ­ Yo tampoco ­

Comprendí entonces que yo no era tan raro como pensaba y que la escala de valores inculcada por mi tradicionalista familia no estaba mal cimentada o pasada de moda.

Ya un poco más en confianza con mi manera de ser y sentir, le dije:

- Cuando yo me case debe ser porque Ella llene todo. No importa si mi boda no tiene 500 invitados y globos de colores. Sólo quiero una mujer que me haga sentir en mi hogar cuando me abrace y saber que no necesito nada más a su lado. No digo que será la relación ideal ni la mujer perfecta. Eso no existe. Pero al casarme debo hacerle entender que no le prometo una existencia maravillosa y sin problemas; por el contrario, habrá muchas dificultades, quizá tiempos difíciles y días en que no queramos vernos siquiera. Pero hay algo que si puedo prometerle: No voy a rendirme mientras estemos juntos; y día a día trataré de resolver las situaciones para bien de los dos y creo que lo más importante sería que puede confiar en mí tanto como yo en ella. Creo que ese podría ser mi concepto del Matrimonio.

Mi amigo seguía sonriendo. Creo que ambos hemos sido siempre algo idealistas; él sólo comentó:

- Creo que algo muy parecido se dice cuando se comprometen en el Altar; es sólo que las parejas lo toman como trámite y no como un compromiso real.

- Pues deberían hacerlo - repliqué - Deberían estar plenamente conscientes de lo que dicen...

Alex pidió la cuenta y añadió:

- Por eso sigues soltero.

Me dejó en la puerta de mi casa. Entré, me lavé; me despojé del pestilente traje, me metí en la cama y me puse a leer, recordé algunas de mis novias y mi soltería a los 28. Pensé en la asquerosa mañana de cruda que se avecinaba y si el futuro realmente me traería a esa mujer de mis sueños...

Dos años más tarde esa mujer vive conmigo y soy feliz. Inmensamente feliz.

Casarse amigos míos es diferente a cualquier cosa que hayan hecho. Si han visto The Wedding Singer o My Best Friend's Wedding y pensaron que todo aquel mundo lleno de compromisos, requisitos, gastos, percances, imprevistos y situaciones inesperadas eran únicamente escenas en la mente de un desquiciado guionista, déjenme decirles que las películas nos son nada en comparación a la vida real.

Su vida cambia y transcurre en un suspiro desde aquella noche en que entregan el anillo hasta que se encuentran de pie frente al altar con una cuenta bancaria vacía, preguntándose a dónde se fue el dinero y todos los meses de planeación.

Les contaré brevemente el guión de mi pequeña cinta. Yo entregué el anillo en un restaurante con muchos monitores ( creo que mi pasión por ver las cosas en una pantalla ha ido demasiado lejos ). Mi intención era que el mesero colocara el anillo sobre uno de los postres del lugar y que cuando éste llegara a nuestra mesa, apareciera la petición en la pantalla que estaba justo encima de nosotros.

Todo salió muy bien... excepto que el mesero colocó el anuncio ¡en todas las pantallas del lugar! Esto causó un enorme alboroto y toda la gente congregada comenzó a aplaudir y a gritar, mientras la Princesa Bec lloraba y lloraba. (Espero que de alegría, por supuesto).

Los preparativos para la boda parecen sencillos; al menos así lo pensaba; después de todo era un trabajo que hasta Jennifer López pudo hacer en The Wedding Planner; error. La vida real no es como yo la pensaba, ni como Jennifer la pinta.

Los días pasan y cuando la fecha es inminente uno se da cuenta de la cantidad tremenda de detalles que hacen falta. Steve Martin fue un muy buen padre al financiar la boda de su hija en Father of the Bride, pero en la vida real, Steve Martin no es el padre de mi novia y fuímos nosotros, con una poca de ayuda quienes tuvimos que resolver el pequeño-enorme problema económico de la boda. Pero si Jerry Maguire sin tener dinero ¿por qué nosotros no?

Cuando tenemos un evento, siempre sucede que, por maldición gitana o conspiración de los astros, el día y las horas se achican. El día de la boda, después de las compras de última hora, llegué a mi departamento fuera de lo programado. Me bañé lo más rápido que pude y me enfundé en mi traje de etiqueta; ojalá pudiera decirles que me veía como Tom Cruise, pero debo decir que un símil con Billy Cristal sería más acertado. Vestido así tuve que ir al banco. Debió parecer Tarantinesco cuando entré en éste, vestido de etiqueta, a formarme un viernes de quincena.

Al rayar la tarde, aprovechando el ocaso, nos tomaron el estudio fotográfico en el Lago de Chapultepec; como el fotógrafo terminó antes de lo planeado, hubo tiempo de ir a McDonalds a paladear una hamburguesa. Cosa que a mí, un fan de la BigMac, me parecía lo más natural, pero a los comensales que nos miraban sorprendidos, creo que no. Además de éstas, otras cosas sucedieron, como que el flamante auto plateado que nos prestaron para llegar y retirarnos de la boda tuviera problemas de encendido o que el cabello de la Princesa Bec se enredara en el lazo al momento de la Misa.

Las situaciones inesperadas en días especiales son las que hacen que logremos recordar en medio de sonrisas los cuadros de nuestra vida. Además de estas escenas que recordamos entre risas, también hay otras que se graban en nuestra alma y esas son los emotivas.

Recuerdo a mi familia reir y llorar de felicidad; recuerdo a mi amigo Alejandro, que viajó miles de kilómetros para acompañarnos; recuerdo su discurso al entregarnos una moneda de 2 Euros y decirme que era un símbolo de unión; recuerdo haber conocido a su musa quien tantas reseñas de Cinengaños le inspiró (Play it again Sam); recuerdo mis sueños y cómo la realidad los superó; pero sobre todo recuerdo a la radiante Bec, siempre a Bec.

Nuestra Luna de miel fue espléndida... Sí, por esos detalles que es fácil imaginarse y por aquellos que aún yo ni siquiera soñé. Fuimos al paradisiaco Pacífico mexicano, a la bella Ixtapa, con unos de esos paquetes "Páguenos absolutamente todo ahora y diviértase sanamente después".

Regresamos justo un día antes de la Entrega de los Oscares. (Les juro que no tuve nada que ver). La noche de las estatuillas doradas recibimos aquí la primera visita oficial de nuestra casa: Don Alejandro Cinengaños.

Vimos acompañados de un Absolut la premiación y sus resultados; los días subsecuentes nos vimos algunas veces más; fuímos a ver La Comunidad del Anillo para presenciar el trailer de Las Dos Torres y le entregué su regalo de cumpleaños, la nueva novela de Stephen King y una recopilación de cuentos en homenaje a Tolkien.

En todos esos día hablamos de películas, de nuestras familias, de las expectativas de él para quedarse a residir en España o volver a México y de la nueva vida que Bec y yo comenzábamos. Hablamos simplemente de lo que hablan dos amigos, hasta el día que fui a su casa a despedirme y esperar que el futuro nos volviera a reunir pronto, de uno u otro lado del inmenso mar.

Ninguno de nosotros sabía con certeza lo que la vida nos deparaba. Tal vez nadie en el mundo lo sepa, pues la realidad es más sorprendente que cualquier guión y las escenas vivas son siempre más intensas que las filmadas. Sin embargo de algo estoy seguro: Mientras se actúe con buena voluntad y se deje la piel y el alma en lo que se hace, el destino nos sonreirá. A veces las cosas parecen no salir bien, pero son sólo cuadros preparados por el Gran Director, para sorprendernos un poco más adelante.

El día que conocí a Bec no sabía que detrás de sus ojos estaba mi alegría. Hoy no podría entender mi vida sin su mirar. Cuando la ví por primera vez en una entrevista tímida, no me imaginé que habría un día en que la sangre no fuera lo único necesario en mis venas, pues necesitaría desesperadamente de su alegría para hacer latir mi corazón. Para ustedes, mi pequeña Bec podría ser una niña bonita igual a otras, pero para mí, ella es mi maestra de la bondad y del amor, la razón por la cual el universo existe y el modo dulce que tengo de escuchar la voz de Dios. En mi reino, yo soy sólo un escudero, ella la Princesa; yo soy el polvo, ella mi Castillo; yo soy la puerta, ella la libertad.

La vida es increíble; pero no está dispuesta a regalarnos nada. Todo lo intercambia. Lo bueno. Lo malo. Todo, absolutamente todo. La vida nos paga sólo lo que le entreguemos. Spielberg y los grandes directores invierten mucho dinero en sus cintas...y lo recuperan con creces. Pero a fin de cuentas, el dinero es sólo metal, no hay en él ninguna emoción, no hay deseo, no hay ilusión.

Pero ustedes...¿Cuánto tiempo, amor y pasión están dispuestos a invertir en la película de su vida?

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Ciudad de México, Mayo 2002 

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