...la única columna de cine donde los críticos no estamos amargados
¡Qué entretenido debe estar el cielo con el debut celestial del gran Jack Lemmon! ![]() Newsletter
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Estás en: home » vivencias » El adiós a las leyendas El adiós a las leyendas (o los encuentros con la muerte) Por Luis Me queda poco tiempo. Me voy a morir, lo sé. Eventualmente todos lo hacemos alguna vez. Aunque también se puede morir varias veces. Y uno sabe cuando va a suceder. De modo, que se puede aceptar el trance con mayor facilidad. Es diferente cuando la vida te abandona. No se está preparado. Salen a flote los apegos. Y se afianzan con sus garras y te arañan con sus miedos. Nadie quiere dejar de existir después de todo. Los entiendo. Pero me están abriendo las entrañas. y dejando el alma hecha girones. Y duele. Me duele.
Mucho antes que Russel Crowe fuera el taquillero Gladiador del 2000, otros contendientes habían pisado ya las inmortales arenas romanas en muchas películas. Anthony Quinn... el indómito Barrabás. Mucho antes que Laurence Fisburne, se conviertiera en el enigmático Morfeo, maestro espiritual de Neo en The Matrix, otros ya se habían consolidado como fantásticos guías filosóficos, conduciendo a sus discípulos al encuentro con ellos mismos. Alec Guiness... el inmortal Obi Wan. Y mucho antes que Jim Carrey, tratara de reinventar las comedias irreverentes con poca o ninguna gracia, ya otros habían cosechado las carcajadas en las oscuras salas cinematográficas. Walter Matthau y Jack Lemmon, los perpetuos galanes. Pero así como los vasos se llenan, también algún día se tienen que vaciar. Y qué horrible costumbre ésta, del ser humano, la de fallecer. Tarde o temprano todos lo haremos, pero qué solo se siente de repente el mundo cuando sentimos que se muere una leyenda. Encontrarse con la muerte dista mucho de ser un educativo encuentro con Joe Black. Encarar a la Parca es, para su víctima, un acto inevitable, pero para aquellos que nos quedamos aquí, el adiós suele dejar un espeso aroma a soledad. Cambiando un poco el tema (lo retomaré mas adelante); en las calles de la colonia Condesa, en la Ciudad de México, se levanta un cine, hoy abandonado, conocido primeramente como el Lido y posteriormente como Bella Epoca. En él, cada día se proyectaba una película distinta; no eran cintas de estreno, ¡ en lo absoluto !, se trataban más bien de clásicos del cine, obras que dejaron marca en la vereda del séptimo arte. Fue allí donde pude apreciar en pantalla grande, el humor negro de El Bueno, el Malo y el Feo y el impresionante desenlace de la hoy resucitada El Planeta de los Simios; también ahí aprendí que las grandes narraciones épicas del cine no nacieron ayer, sino hace muchísimo tiempo, con cintas como Jasón y los Argonautas, Barrabás, El Libro de las Tierras Vírgenes o Simbad; fue ahí mismo que me emocioné con el 007, entonces personificado por un joven Sean Connery; y también reí, me enamoré y lloré con el inolvidable Charles Chaplin en sus clásicos El gran Dictador, Luces de la Ciudady Candilejas. Retomemos ahora el tema de la muerte y el adiós; sabemos que el Cine Bella Epoca ha llegado a su fin; pereció ante la devastadora entrada de las grandes cadenas de proyección cinematográfica en nuestro país; y no pretendo en absoluto demeritar el esfuerzo titánico de éstas por darnos mejores salas y un servicio más eficiente. Simplemente, se cumplió un ciclo y el Bella Epoca será seguramente demolido algún día en lo cercano, tal como el Cinema Paradiso en la inolvidable cinta homónima italiana. Mi padre, quien me presentara esa sala y sembrara en mí la pasión por el cine, también dejó este mundo hace ya varios años. Anthony Quinn, Alec Guiness y Walter Matthau lo hicieron hace apenas unos meses. Jack Lemmon, la semana pasada. Seguramente se preguntarán por qué tanta charla necrológica. Bueno, tal vez porque a lo largo de nuestra vida, tendremos que lidiar con ella varias veces y afrontar de una u otra manera, los sentimientos que pueda provocarnos; sin embargo he llegado a una conclusión. Las personas, la carne... se muere. Las leyendas sobreviven. ¡Qué suerte la de los actores!, la de quedar esculpidos en el celuloide. Mientras estén ahí, seguirán vivos; pero saben, creo que sucede lo mismo con nosotros. Todos tenemos dentro de nuestra cabeza, un hermoso proyector y una cineteca enorme, y allí, cuando un familiar o amigo se nos va, seguramente dejan algún trocito de cinta, que siempre será recordado. De ese modo podemos verlo...bastará con arrancar la moviola de nuestra memoria, cerrar los ojos del mismo modo que se apagan las luces en la sala y esperar que la imagen sea proyectada con nitidez. También nosotros podemos inmortalizar a nuestros actores. Yo sé que algún día llevaré a mis hijos a alguna videoteca y les enseñaré probablemente a un idealista Tom Cruise en Jerry Maguire, o a un testarudo Coronel ciego en Perfume de Mujer. Y también sé que algún día, al igual que todos nosotros, yo también pasaré a formar parte de alguna cineteca. Pero esperemos mi querido lector, que para ello falten muchos, muchos años; mientras tanto sigamos con-viviendo, sigamos yendo al cine y disfrutando la magia de aquellos que aún viven y también de aquellos que se han ido ¿Existe acaso un mejor tributo, que verlos en pantalla una vez más?... Sigamos disfrutando del séptimo arte, porque no importa donde estén, sino que nos hagan pasar un buen rato juntos una vez más y podamos exclamar al salir ¡Qué buena película!... Esa es, la magia del cine. ¡Qué entretenido debe estar el cielo con el debut celestial del gran Jack Lemmon! Dejo por esta ocasión esta columna, hoy melancólica y reflexiva, dejándoles una frase del clásico La Sociedad de los Poetas Muertos: Carpe Diem, Carpe Diem... (Aprovechen el día). In Memoriam Armando Ramírez (1951-2001) Ciudad de México, Julio 2001
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