...la única columna de cine donde los críticos no estamos amargados
Una sensible y poderosa obra maestra, una perfecta fábula, una agridulce historia de amor, un canto a la madurez como necesidad, al amor como motor y necesidad, y a la definición de lo que somos, con plena conciencia. ![]() Newsletter
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Estás en: home » películas » película Algo en común / Tiempo de volver Garden State (EUA, 2004)
Por Alex El viaje de regreso
Zach Braff tiene un don, y no es sólo el hecho de que escribió y dirigió su opera prima rompiendo el molde de un actor conocido por sus roles en TV (Scrubs): su don es que lo hizo bien. Tremenda y maravillosamente bien. Mejor, mucho mejor que lo que algunos más experimentados han tratado de lograr, sin éxito. Garden State es un regalo a los ojos, un regalo al alma, una oportunidad de recuperar una buena parte de nosotros mismos. La base narrativa de Garden Satte es cercana a un Donnie Darko, en una dinámica aparentemente más light, una clasemediera mediocridad del estado del sueño americano, con familias disfuncionales, imaginación cuestionada, jóvenes alienados y un contexto personal complejo. Litio y drogas para evitar recordar (un mundo de drogas aún más doloroso que el descrito con sus amigos), para hacer más llevadera la vida real, la que duele, en la que la armadura no protege y no importa si eres policía, te acuestas con la mamá de tus amigos o te drogas hasta perder el conocimiento: todo duele igual. Y mucho. Un regreso no pedido: el joven que dejó su hogar hace 10 años (por una causa que conoceremos en algún momento de este viaje personal) tiene que enterrar a su madre y re-conocer a sus amigos, viajar de regreso, en cámara lenta, evitando un encuentro con su padre, ese padre/psicólogo que tal vez prefiere que el niño siga siendo niño, que el secreto guardado les permita vivir sin más. Andrew (Braff) está de vuelta. Una larga ausencia, un mundo distinto donde Hollywood y la continuación del sueño americano del actor de televisión (un guiño a la vida real del director) se enfrentan a opuestos y a juegos de palabras: un sepulturero adicto a drogas, con madre adicta también, en un mundo donde las pirámides y los esquemas de dinero rápido se baten a duelo con los caballeros de la mesa... del restaurante de comida rápida. Una tumba, un agujero, una herida abierta, y una enfermedad que se mantiene: la cabeza no está bien, pero el dilema no es necesariamente médico. El dolor no es nada comparado con el de abrir tu corazón, y la vida se presenta como un abismo, como un sitio de infinito fondo donde sólo queda gritar, donde sólo resta amar sin miedo, con protección ante aquello que puede lastimarte, pero asido fuertemente, no yendo en el coche de al lado sino yendo juntos, sujetos, con risas y realidades dolorosas, sin mentir. Qué difícil: no mentir, y menos si lo tienes por costumbre. Menos cuando, sin mentiras, el sueño siempre existe y se quiere a la musa, a la mujer redentora, al sueño real que logra sanar heridas, a quien te ama de regreso y te ama en tu justa dimensión, a quien te conoce y te sigue amando aún sabiendo quién eres, y quizá justo por eso. Natalie Portman llena la pantalla con un rol que enamora, y con una sonrisa que inunda cada toma, cobayas de por medio. Una pareja. No, mejor; una cómplice, una aventura, una posibilidad. Una mujer que patina, un abrazo inmerecido, un amor maternal, en medio de un contraste completo con el mundo fuera de ella. Perdonen el tono masculino (y hasta hormonal) de la siguiente observación, pero no puedo evitarlo. Una advertencia a quienes no han visto la cinta y son seguidores de la Portman: Créanme, si están ya enamorados de ella, tras verla en esta cinta perderán la cordura de amor. Punto. Vaya historia, vaya fábula, y vaya score: un juego perfecto de emociones, respaldado por cámaras viajeras, tomas elevadas con grúa (ese ojo omnisciente, ese alejamiento de la realidad), y encuadres creativos (la camisa de tela de pared es una joya), poderosos; todo en medio de melodías de apoyo y de ensueño. En el resto del elenco, Peter Sarsgaard se lleva las palmas en otro rol magistral, mientras que un sobrio Ian Holm es un gancho más de este genial cartel. Premios en todos lados donde se presentó, un debut tras las cámaras inmejorable, con un reparto ideal de tono independiente delicioso. Obligada para quienes gusten del buen cine, para quienes puedan tolerar la realidad, y puedan reír entre lágrimas al recordar su propia vida. Faltan adjetivos ante tal experiencia al terminar la proyección. Una sensible y poderosa obra maestra, una perfecta fábula, una agridulce historia de amor, un canto a la madurez como necesidad, al amor como motor y necesidad, y a la definición de lo que somos, con plena conciencia. Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhh... Comentarios para esta columna que madura, a golpes... Barcelona, 07 Abril 2005
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Garden State
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