¿ QUIEN SOY ? Me gusta caminar por los parques. Y recoger la luz que gotea a través de sus árboles. Andar sobre las hojas secas. Y escuchar su crujir cantado al ritmo de mi pisar. Amo esas tardes de cine con mi novia o mis amigos. Coloreadas con refrescos y rosetas de maiz. Ver una película excelente o tal vez una atroz. Qué importa. Hacerlo sólo por la convivencia y el reir. Me encanta después ir a tomar café. Y desbordarnos de palabras. O leer en los ojos de mis acompañantes las preguntas que no hacen. Los comentarios que se callan. Y saber sin embargo, que los silencios no rompen nunca una amistad. Me fascinan estos, mis cuadernitos que son la casa de mis notas, poemas y reflexiones. Algunas intensas. Otras muy tontas. Pero mías. Cuerdas. Locas. Contradictorias. Mías después de todo. Me gusta dibujar y fotografiar a la gente. Aprisionar su alma por un segundo y saber que en mi pequeño retrato y en mi recuerdo cuando los mire, ellos vivirán para siempre. Me encanta el silencio, porque en su soledad vuelvo a mirarme al espejo y a preguntarme de nuevo, ¿ Quién soy ? ¿ Hacia dónde voy ? Y amo romper ese no ruido ermitaño, con las notas de la música. La novena sinfonía. El concierto de Aranjuez. O el In your eyes de Gabriel. Me encanta el vino tinto, la lasagna y las tartas de manzana. Me gusta soñar los lugares que conozco y también aquellos a los que nunca he ido. Arrebatar a suspiros mis noches en Ixtapa o San Miguel. Las veces que fui al teatro en Broadway. O mi fantasía de escribir un poema bajo el cielo oxidado de la Torre Eiffel. Encuentro mi plenitud cuando puedo ayudar a alguien y le hago sonreir. Cuando me abre su alma y siente que puedo entenderle y aún si no lo hago servirle de tribuna silente. Comprendo que Dios me da para disfrutar y ser feliz. Pero también para llenar esas manos vacías, que crecen en las calles, en sus esquinas y se extienden suplicantes hacia mí. Me gusta platicar con El en su Iglesia. O en la serenidad de mi cama. Orar plácido a veces y gritarle otras tantas preguntándole por qué. Sólo para entender más tarde, las razones que en ese momento no pude mirar, ni supe comprender. Me inunda el alma subir una montaña y creerme arrogante el cenit. O mirar el Sol desde la playa y saberme diminuto en su esplendor. Ver el beso del ocaso despedir el día y decirle -hola- al anochecer. Extasiarme mudo ante la creación. Pero saberme uno con ella. Me encanta acariciar un rostro hermoso. Besar su frente. Sentirme enamorado. Bailar con las estrellas. Y creer que en ese instante, el Universo se mueve al compás de mi propio corazón. Creo que lo que trato de decir después de todo, es que me gusta vivir. Compartir este viaje contigo. Y saber que hoy, aunque estemos lejos, tú, también estás aquí.